La huelga de los poetas
Rafael Cansinos Assens
Presentación de Rafael M. Cansinos

Esta novela de Rafael Cansinos Assens, es cronológicamente anterior a El movimiento V. P. —la delirante historia del movimiento Ultraísta español, publicada en esta misma colección— y hace pareja con ella en cuanto al método narrativo y a las ácidas intenciones últimas, aunque aquí el drama social predomina sobre el humor. La huelga de los poetas nos introduce en la historia del incipiente periodismo moderno, que arranca con el siglo XX. Cansinos Assens fue reporter, como se decía entonces, entre 1906 y 1919, en la redacción de La Correspondencia de España, dirigida por Leopoldo Romeo. Corrían días difíciles en los que el periodista tenía que elegir entre un salario indigno o firmar sus colaboraciones y no cobrar nada porque ya la firma era suficiente pago. Los periodistas trabajaban todos los días del año, sin descanso semanal, y carecían de cualquier derecho en un tiempo en el que la clase obrera se defendía ya con suma dureza del látigo patronal y comenzaban a salir de su condición de esclavos. La huelga de periodistas, acaecida en diciembre de 1919, en realidad planteaba el debate de las reivindicaciones de los intelectuales en general; Cansinos Assens, poeta ante todo, intenta su planteamiento en las mesas de El Colonial, donde se reúne con un nutrido grupo de poetas que tienen su nexo en la revista Los Quijotes. Los resultados que obtendrá no dejarán de sorprender al lector. Novela en clave, La huelga de los poetas, además de una sátira feroz del tramposo periodismo que le toco vivir al autor, nos trae reflexiones de otra época que hoy, por motivos diferentes, son de gran actualidad: ¿Se puede poner precio a la poesía? ¿Cuál debe ser la remuneración del artista? ¿Cuál es su papel en la sociedad? ¿El antiguo arte aristocrático evolucionará hacia un “arte de las muchedumbres”? ¿Es la vanidad el único motor del creador? ¿El ejercicio de la poesía es un lujo demasiado grande al que no tienen derecho los pobres?...

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Reseñas de Prensa: 

Galeotes de la pluma

Desplegando su habitual retórica tardomodernista ―siempre nos parecerá mentira que fuera un escritor como él quien abanderara los ismos―, el narrador o Poeta-Periodista, que no es otro que el propio Cansinos, entona una suerte de reivindicativa letanía sobre las miserias que rodeaban al reporterismo, de las que él mismo fue víctima. El resultado es una infrecuente combinación de propuesta esteticista e intención social, porque Cansinos era un hombre bueno que pese a todos sus altos ideales artísticos ―o precisamente por ellos― no podía permanecer insensible frente a la injusticia. Y hay que recordar que, como ocurre todavía con algunos blogs o ediciones digitales, los periodistas se veían obligados ―gratis pero no et amore― a entregar el fruto de su trabajo a cambio de que el editor o "patrono" accediera a incluir la firma. Hay aficionados o meritorios, presumiblemente pudientes, que ven halagada su vanidad de este modo, pero a la mayoría de los escribidores y literatos, que viven de un trabajo esforzado y vocacional, el cambalache no les hace maldita la gracia. De ahí que Cansinos equiparara a los "obreros del cerebro" con los "obreros del músculo", un hermanamiento que hoy suena algo ingenuo, pero más que nada porque los segundos pueden ganar en apenas unas horas lo que a los otros les cuesta días o semanas. Además de una novela visionaria y bienhumorada ―aunque más seria, como dice también Cansinos hijo, que El movimiento V.P. ― y de un divertimento en clave, La huelga es un documento valiosísimo que describe el mundo de las redacciones hacia la segunda década del siglo XX, de las que a pesar de los agravios y las penalidades salió una generación de periodistas tal vez inigualada. Se hace imposible no trazar un paralelismo con el estado, no precisamente bonancible sino más bien incierto, de la profesión periodística en el siglo XXI, que en el caso del periodismo literario ―ay― no se ha apartado mucho de la precariedad y las condiciones menesterosas que caracterizaban el desempeño del oficio por los días en que lo ejerció Cansinos, tal como aparece en la vieja fotografía de La Correspondencia de España que estuvo colgada durante bastantes años en la antigua redacción de este Diario. La huelga es, así, una novela bella, necesaria y conmovedora, de lo mejor de su obra de creación, que hace justicia a la leyenda de Cansinos y cuya reedición puede contribuir no a devolverle ―como suele decirse― el lugar que le corresponde, sino a darle, por fin, el que nunca ha llegado a ocupar.

Ignacio F. Garmendia, Diario de Sevilla, Sevilla, 16 de noviembre de 2010.
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¿Será posible, una huelga de poetas? Rafael Cansinos Assens sigue en su eterno retorno con un libro que desborda actualidad. El único escritor que mereció que Borges le llamase maestro en sus andanzas juveniles por España, el sabio que tradujo «Las Mil y una Noches» directamente del original -en un castellano perfumado con ocho siglos de mestizaje- y después vertió para nosotros la gran literatura rusa y muchas otras cosas; el hombre que saludaba a las estrellas en una docena de lenguas, la mitad de ellas muertas; el escritor que sintió la necesidad de eclipsarse detrás de su escritura después de ver cómo rasgaban el velo del templo de la inteligencia en los albores de la Guerra Civil y siguió toda su vida escribiendo sus diarios en inglés, francés, alemán y árabe aljamiado; el judío sevillano, Rafael Cansinos, el del más divino fracaso literario, regresa con una novela apasionante, basada en hechos reales.

Inclemencia y bolsillos de hule

En 1919 los periodistas fueron a la huelga en España y esa es la excusa. Cansinos, que sentenciaba en un solo adjetivo de tajo certero a sus contemporáneos y nos dejó las actas de la (¿vida?) bohemia modernista en los tres tomos de «La novela de un literato», retrata aquí las carestías morales, vitales y económicas de un periodismo, una vida literaria y un país como la España de las primeras décadas del siglo XX con tanta gracia como inclemencia. Aquellos periodistas que fundaban la asociación de la prensa en un banquete al que acudían con pantalones dotados de bolsillos de hule para llevar muslos de pollo sobrantes a sus famélicas proles sin mancharse la dignidad o el traje.

Los personajes, apenas irreconocibles, que entran y salen por esta novela retratan la vida pública y privada española con todo tipo de detalles. Mezclan sus reivindicaciones con los obreros y nunca acaban de despegarse de la petulancia intelectual que, como un pecado original, les ata a los poderes del mundo. Lo cual deja en el aire algunas preguntas fundamentales sobre la profesión casi más vieja que existe. ¿Infulas literarias? ¿Los periodistas son poetas o quisieron serlo? “Un día nefasto de su existencia empujó esa mampara roja del periodismo, que a veces cede tan fácilmente”. El informador es “esclavo del gesto ajeno, evangelista anónimo de las acciones de los demás, operador del cinema incansable de la vida...” y ahí se acaban las palabras amables sobre estos “obreros intelectuales”.

Antes de «La colmena»

Retrata las tertulias, las hambrientas conversaciones de café, a.d. «La colmena». Retrata los despachos periodísticos de entonces y de siempre: “El despacho de un director de periódico es siempre algo tenebroso y peligroso, como la cámara de un submarino”. Y retrata las conversaciones de don Criterio, el director, con sus zánganos: “Lo que funcionan son los crímenes”. “Pero nadie puede comprometerse a ofrecer uno diario, el crimen es arbitrario e imprevisto”, “Si se pudieran inventar”. “Inventar no, nos desacreditaríamos. Quiero decir, no inventar el crimen local. Pero tenéis libertad completa para el crimen extranjero. Además, ya sabéis mi lema: las heridas siempre son graves. Los muertos se multiplican.”

Se impone la huelga de poetas (¿periodistas?) porque su labor no es apreciada, precisamente en razón de su espontaneidad y abundancia. Al final, los periodistas fueron a la huelga y los diarios abrieron sus páginas a los precarios, los poetas sin precio, esquiroles literarios, visionarios sucedáneos...

Wikileaks

En la época en que aún no se había ganado el descanso dominical, las cuitas del periodismo semejan una caricatura muy didáctica de lo que acontece en las redacciones de los tiempos de Wikileaks. Pasen y lean, mojen pan y critiquen, como el protagonista en la reunión del sindicato: “¿Por qué no son más pintorescos los intelectuales? ¿No observa usted que adptan instintivamente el luto eclesiástico? ¡Son los caballeros del Santo Sepulcro de la alegría!”. Claro que eso ahora, con los reallity....

Y en plena huelga, en aquella España de crisis sin energía ni calefacción gritan: “¡Soplan vientos bolcheviques!”. Y se responden: “Sí, hace un frío de estepa, lo más prudente será retirarse”.
Concluye: "Quizá el papel se acaba para que la estrofa renazca en el aire sonoro... Así se extinguirá la pavorosa indigencia del poeta, y repartido entre todos ese patrimonio peligroso de la inspiración, se tornará inofensivo, como ciertos venenos diluidos. Los proletarios enriquecidos por el trabajo van a recoger las liras de los petas pobres. Yo ya les di la mía. ¡Adiós Chepilo!".

Periodistas. Poetas. Cansinos. Pues eso.

Jesús García Calero, ABC, "Libros de vino y rosas", 15 de diciembre de 2010.
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[...] Con claros signos autobiográficos, Cansinos (que se llama a sí mismo “el Poeta” y que vive junto al Viaducto con su hermana Pilar, como así era realmente) nos presenta la imagen tardomodernista de un Madrid pobre, brillante y sentimental, donde los sueños de los poetas -segundones- que se sientan en los divanes rojos de los cafés, fracasan porque en años de penuria, el papel está caro, los editores no se arriesgan y no hay lectores para los soñadores de quimeras e ideal. El Poeta (Cansinos) que comparte esa miseria y esos sueños trabaja como periodista, pero sus colaboraciones literarias no le interesan al ignorante director de períodico (que era La Correspondencia de España) al que llaman “Don Criterio” por su contínua repetición de esa palabra. Cuando -estamos en 1919- los periodistas van a la huelga seguidos por tipógrafos y cajistas, el Poeta los acompaña pues cree que el arte debe ser valorado como cualquier trabajo, pero si los periodistas ganan, él fracasará y abandonará (desengañado) el periodismo. La novela gana -como otras de Cansinos- más que por la trama, por los abundabtes momentos en que la reflexión sobre el arte como ideal y como realidad, se viste de una prosa suntuosa y reposada que muestra al gran estilista (siempre en la estela simbolista) que había en Cansinos. Abandonó la profesión periodística, pero no sus colaboraciones en prensa que duraron hasta el filo destructor de la guerra. El enigma de Cansinos (que la novela plantea muy bien en su base) es por qué un hombre culto y muy dotado, que había tratado en su juventud -hacia 1900- a los mejores, va quedándose poco a poco, primero con los vanguardistas un tanto en escorzo, luego con los rezagados y por fin con el enorme silencio abarrotado de traducciones plurilingües. Borges lo adoró y vino a verlo en 1962. Juan Ramón y los Machado lo vieron como fraterno al inicio, pero luego él los rehuía, como cuenta “La novela de un literato”. ¿Qué sagrada profundidad vio Cansinos en el fracaso? La huelga de los poetas (novela actual, si tenemos en cuenta la hodierna incultura literaria) puede ayudarnos a responder la pregunta de uno de los raros más raros y atrayentes de nuestras letras. Y recordemos lo que escribió John Berger: “Porque es en el lugar de la pérdida en donde nacen las esperanzas.” ¿Será eso?

Luis Antonio de Villena, www.luisantoniodevillena.es, "Decadencias", 15 de diciembre de 2010.
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¡Todos a la huelga!

Alrededor de los medios de comunicación existen dos lugares comunes especialmente erráticos. Uno asegura que todos los periodistas somos escritores frustrados, cuando en realidad estamos realizadísimos, a veces en demasía; el otro, que el mejor español se escribe hoy en los periódicos, falacia fácilmente refutable sólo con abrirlos por cualquier página al azar.
Lo que sí es cierto es que la relación entre literatura y periodismo ha sido muy estrecha desde antiguo, y de eso precisamente va la novela que nos ocupa.
[...]
En las casi 250 páginas que narran la historia del Poeta, un letraherido –trasunto del propio Cansinos–, que sueña con el Parnaso mientras quema sus días en la redacción de un periódico, pueden sondearse casi todos los males actuales del gremio: la precariedad, el intrusismo y la banalización del oficio, la manipulación de las noticias, la indolencia, la incompetencia y la falta de sentido crítico, la mediocridad de los jefes y el desprecio que inspiran a sus subordinados, la hipocresía de directores que apenas si saben escribir y que, a la par que derrochan paternalismo con la plantilla, se ponen de parte del empresario...
Lúcido y visionario, Cansinos incluso se anticipa a la Blackberry e inventos similares, formulando el deseo de tener “un periódico a cada hora, para seguir, paso a paso, la noticia...”.
No obstante, la novela no es sólo una radiografía de los medios de comunicación. Se trata, también, de una reflexión en torno al prestigio del arte por el arte y la paradoja de ponerle un precio. Y, al mismo tiempo, se practica en estas páginas una exaltación del oficio de los versos precisamente como una suerte ajena a la tiranía del mercado, que es lo que le recomendó a Cansinos el mismísimo Max Estrella, Alejandro Sawa; un destino tan poco lucrativo como gratificante, pues no hay para el poeta consuelo como el mismo “júbilo y la magnificiencia de cantar”. Claro que, y ahí vuelve el Cansinos profeta, advierte sobre los peligros de la sobrepoblación de poetas: “Un exceso de producción altera aquí el normal funcionamiento del mercado”.
No quiero cerrar esta reseña sin subrayar la preocupación por el estilo que Cansinos, poeta él mismo, demuestra en todo momento, moviéndose entre el preciosismo arcaizante (antigüito, para entendernos) y una audacia que nunca se olvida del encanto. Así, la madrugada de un café es “populosa”, alguien tiene “la mueca fría y dura de las cabezas cercenadas que cuelgan de un garfio”, otro posee “la condición de mediocre en grado casi divino”; el despertador es un “ruiseñor mecánico”, en el ceño de un personaje se dibuja “el arco iris de una justicia largo tiempo esperada”, y los poetas suicidas “en la sien nos muestran un rubí”.

Alejandro Luque, Mediterráneosur, "¡Todos a la huelga!", junio de 2011.
Artículo completo. El autor también tiene un blog en http://alejoluque.blogspot.com/

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La huelga de los poetas de Cansinos Assens
Precio 17,00 €